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Escritorio cálido con cuaderno abierto, lapicera, teclado y una taza de café bajo luz natural.

¿Cómo avanzar?

Parece una pregunta fácil de responder. Sin embargo, cuando hablamos de procesos, simplemente no hay una respuesta correcta. Cada proceso que atravesamos tiene etapas, y cuando se trata de proyectos creativos, no es la excepción.

Durante un tiempo trabajé en la planificación y estructuración de mi espacio de trabajo: un proyecto que buscaba reunir distintas partes de lo que quería hacer. Me preparé analizando sus diferentes caras, cómo combinarlas, cómo articularlas. Lo dividí en tareas semanales para construir una base sólida y luego en tareas diarias, para dedicar cada día un ratito y avanzar paso a paso.

Al principio, la motivación y la emoción me empujaron hacia adelante. Me despertaba ansiosa por abrir mi agenda y ver qué tenía que hacer. La rutina no me pesaba, porque cada día era distinto. Trabajar desde casa también tiene esa magia: cualquier rincón puede convertirse en un pequeño escritorio o espacio de creación, y eso le da a los días un aire nuevo.

Pero poco a poco esa energía se fue disipando. El calendario donde había organizado el contenido parecía detenido en el tiempo. Todo seguía ahí, pero nada había cambiado. El tiempo siguió corriendo, y yo me quedé un rato quieta.

No era falta de ganas. Era otra cosa, como una ola que ves venir y sabés que no te queda otra que atravesarla. Una mezcla de sensaciones, pensamientos, obligaciones por cumplir… y la mente sirviendo culpa en cada comida del día.


Nunca me presenté en este espacio mucho más allá de mi faceta creativa: diseñadora gráfica, con el título todavía pendiente, y una gran pasión por los viajes. Pero también soy mamá, pareja, sostengo una casa y una vida cotidiana que no se detiene cuando abro la computadora. Mis proyectos conviven con todo eso. Mi familia no es una excusa para no avanzar en mis proyectos personales; al contrario, tengo la suerte de contar con su apoyo. Pero aun así, a veces siento que estoy haciendo malabares con demasiadas cosas a la vez.

Cuando llego a estos “puntos muertos” —como los llamo— tengo que volver a ejercitar la paciencia conmigo misma. Lo primero es desterrar la frase que más resuena en mi cabeza:

“Hoy no hiciste nada.”

Porque es imposible no hacer nada. Tal vez no avancé en un punto del proyecto, pero fui a buscar a mi hijo al colegio. Tal vez no escribí una entrada del blog, pero planifiqué las comidas de la semana, hice las compras o controlé los gastos del hogar. No trabajé en lo que tenía anotado en la agenda, pero estuve presente en otras partes de mi vida que también necesitan tiempo y atención.

También es difícil hablar con una misma cuando crecimos con modelos tan desconectados de la realidad. Nos enseñaron que trabajar casi todos los días, fuera de casa, hasta llegar agotados, era lo normal. Que el descanso y los vínculos quedaban reservados para los domingos, los cumpleaños o las vacaciones. Un puñado de días dentro del año. Sin equilibrio.

Romper con eso no es fácil, porque salirse de lo convencional implica crear un camino propio, sin demasiadas referencias. Y nuestro cuerpo —ese sabio que insiste en recordarnos lo que realmente importa— nos pide otra cosa. Aunque muchas veces lo forcemos a adaptarse a estructuras que ya no nos representan.

A veces confundimos avanzar con no detenernos. Pero avanzar también puede ser quedarnos quietos un momento para mirar lo que ya hicimos; para reconocer que la vida no se ordena por casilleros, que los proyectos no existen aparte de quienes los crean.

Hoy elijo mirar mi propio ritmo con más compasión. Aceptar que hay días en los que el avance no se mide en tareas completadas, sino en la capacidad de sostener lo cotidiano sin perder de vista lo que amo. Hoy elijo abrazar mi propio proceso, mi propio camino.

Estoy convencida de que la creatividad nunca avanza en línea recta. Pero sé que cada curva, cada pausa y cada regreso son parte del proceso, y que en cada uno hay una enseñanza. Y eso, en sí mismo, también es parte del viaje.

Y quizás la próxima vez que aparezca ese “hoy no hiciste nada”, antes de creerle podamos hacernos otra pregunta: ¿qué fue lo que sí sostuve hoy? Si alguna vez te encontraste en uno de esos puntos muertos, me gustaría leerte en los comentarios.

Crear es una forma de viajar

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